Emergencia económica
El Universal 14 de mayo 2009

José Luis Calva

Al rebajar de estable a negativa su perspectiva de calificación de la deuda soberana de México, Standard & Poor’s pronosticó que el crecimiento económico de nuestro país será de -5.5% en 2009 (EL UNIVERSAL, 12/V/09). No es algo sorprendente. Simplemente, la calificadora está incorporando a sus modelos de prognosis los más recientes datos económicos. Por una parte, el deterioro persistente de la economía de EU —el desplome de su PIB a tasa anualizada de -6.1% en el primer trimestre de 2009 resultó peor del esperado—, cuyo impacto sobre la economía mexicana es enorme por su elevada dependencia. Por otra parte, la caída persistente de los indicadores económicos de México, que han arrojado en 2009 los peores resultados desde 1995 (incluida la formación bruta de capital fijo, cuya más reciente cifra mostró una tasa de -12% anual: EL UNIVERSAL, 12/V/09).

Estamos en un tobogán. Dos semanas antes (28/IV/09), el Banco de México había reducido sus previsiones de crecimiento para 2009 hasta un rango de -3.8% a -4.8%, sin considerar los efectos de la epidemia de influenza; el Departamento de Estudios Económicos de Banamex rebajó (5/V/09) su pronóstico a -4.9%, sin considerar tampoco la influenza; el Departamento de Análisis Macroeconómicos Prospectivos y de Coyuntura del IIEc-UNAM, redujo previamente (el 3/IV/09) su pronóstico de crecimiento al -4.8%; e incluso la SHCP revisó (el 6/V/09) a la baja su expectativa de crecimiento hasta -4.1% considerando la influenza; en tanto que Consultores Internacionales redujo (el 30/IV/09) su pronóstico hasta un rango de -4.8% a -5.3%.

Es natural la convergencia de pronósticos. Lo que resulta sorprendente es la ausencia de acciones de política fiscal contracíclica proporcionales a la emergencia económica. De hecho, los sucesivos programas de estímulo fiscal para 2009 —el Programa para Impulsar el Crecimiento y el Empleo, el Acuerdo Nacional en favor de la Economía Familiar y el Empleo y el paquete de Apoyos Económicos Emergentes para Enfrentar el Brote de Influenza— apenas representan 0.8% del PIB (véase nuestras entregas de 23/X/08 y el 2/IV/09, así como la primera plana de EL UNIVERSAL del 6/V/09. Son programas paupérrimos.

Cabe recordar que ante la gravedad de la crisis económica, el propio FMI ha recomendado políticas fiscales expansivas por lo menos equivalentes a 2% del PIB y mayores cuando sea necesario. Se trata de una visión en línea con los robustos programas de política fiscal expansiva de importantes países: en EU, el paquete de estímulos fiscales aprobado por el Congreso representa 5.6% del PIB; el paquete fiscal contracíclico de Corea del Sur asciende a 4.9%; el de Canadá, a 4.1%; el de Australia, a 4.6%; y el de China alcanza 13.3%.

La pasividad fiscal en México frente a la crisis económica —que puede convertirse en la más grave desde la Gran Depresión— se “fundamenta” en nuestra excéntrica Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Haciendaria, que convierte el balance fiscal cero —con exclusión de la inversión de Pemex— en objetivo sagrado.

Por el contrario, las economías exitosas operan sin camisas de fuerza fiscales. Por ejemplo, para 2009 el FMI pronostica que EU tendrá un déficit fiscal de 13.6% del PIB y para 2010 uno de 9.7% del PIB; para la zona del euro, anticipa un déficit fiscal de 5.4% en 2009 y de 6.1% en 2010; para Canadá, uno de 3.4% en 2009 y de 3.6% en 2010; para el Reino Unido, uno de 9.8% en 2009 y de 10.9% en 2010; y para Japón, uno de 9.9% y de 9.8% para esos años. Ergo, ningún país próspero convierte el equilibrio fiscal en religión de Estado.

Quizá por estos contrastes, desde mi postura de economista académico observo con admiración el puntilloso debate acerca de si el gobierno mexicano sobrerreaccionó frente a la epidemia de influenza. ¡Qué maravilla! En la esfera de la economía nada parecido ocurre: aunque estamos inmersos en una tremenda crisis —entre cuyas primeras víctimas se encuentran 518 mil 963 trabajadores permanentes (registrados en el IMSS) que perdieron su empleo entre octubre de 2008 y abril de 2009—, no existe la más remota sospecha de sobrerreacción, sino la plena certeza de una casi absoluta pasividad gubernamental frente a la emergencia económica.

 

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM